Obscenidades

(Por José M. Ponce) – No debe ser casualidad que la exposición que inaugura el próximo mes Bruce LaBruce en Madrid lleve por título “Obscenity”. Controvertido y provocador, alternativo y siempre fronterizo, el artista canadiense ha sido frecuentemente tachado de obsceno desde diferentes frentes. Sin embargo, algo que LaBruce ha dejado claro es que se mueve como pez en el agua en esa especie de filo de la navaja que, en algunas ocasiones, separa el porno duro del arte. Lo suyo es tan personal, intransferible e inclasificable que resulta difícil de etiquetar. A veces parece cine independiente, en otras ocasiones se asemeja al porno gay, a menudo juega con los estereotipos propios del movimiento queer, con frecuencia se presenta enmarcado dentro de movimientos culturales juveniles –el punk, por ejemplo- pero siempre termina por ser transgresor y provocativo. De ahí su mala fama y también su gloria.

Nacido en una granja de Canadá y bautizado como Justin Stewart, cuenta la leyenda que su nombre artístico deriva de la denominación despectiva que durante los años 50 recibían los homosexuales. Así, “bruce” sería en inglés el equivalente a “marica” en castellano. Sus comienzos profesionales se remontan a mediada la década de los 80, cuando publica, junto a GB Jones, el fanzine D.J. s, origen según muchos de una buena parte del movimiento queer, especialmente aquel que hace referencia a la homosexualidad masculina. Sus proclamas en contra de ciertos estereotipos del punk y de la cultura gay tradicional y a favor de los skins se verían reflejadas años después en “No skin off my ass”, una de sus películas más notables.

Sus primeros cortos, herederos del cine de cine de Kenneth Anger, Andy Warhol o Paul Morrisey, están rodados en Súper 8 y fechados a finales de los años 80, periodo en el que comienzan a cultivarse algunas filosofías sexuales tan en boga hoy día. Sin embargo, es en 1993, fecha en la que la citada “No Skin off my ass” triunfa en Sundance, cuando LaBruce alcanza fama de cineasta valioso y comprometido, camino ya de convertirse en artista de culto. No es de extrañar si consideramos que su película, con menos sexo del habitual, está cargada de referencias cinematográficas (no olvidemos que estudió cine en Toronto) e iconográficas que van de Robert Altman a Roman Polansky, pasando por Robert Mapplethorpe, la estética camp y el rollo punk. La cinta, además, establece las que serían las bases de su cine posterior, mezclando hábilmente texturas estéticas con notables hallazgos visuales. Y se establecen también aspectos fundamentales de la que será su filosofía a lo largo de estos años. En contraposición al “no hay futuro” del movimiento punk, él manifiesta abiertamente que “el futuro está en el porno”. Incluso, en su papel de peluquero y en relación a los skins, declara que “ese es el único peinado que tiene sentido hoy día”.

En su siguiente película “Super 8 ½”, otra referencia cinéfila, recupera los cortos de sus comienzos para construir una especie de autobiografía a mitad de camino entre la ficción y el documental. “Hustler White”, “Skin Flick / Skin Gang” y “The Raspberry Reich” , sus siguientes películas, inciden en la línea de las anteriores, mezclando hábilmente el sexo explícito, el humor negro, los personajes sexualmente inclasificables y ciertas dosis de sadomasoquismo. A menudo, el propio Bruce se convierte en el personaje más histriónico y exagerado de la función. No en vano proclama: “si quieres estar en mi vida, tienes que estar en mi película”.

Su último film “LA Zombie”, proyectada en el pasado festival de cine de Sitges, añade a su peculiar discurso el sangriento mundo del gore, algo que ya estaba presente en “Otto”, su película anterior. Y con estos antecedentes el bueno de Bruce se presenta en Madrid, de la mano de La Fresh Gallery y en su faceta de fotógrafo, para ofrecer una supuestamente obscena visión de algunos personajes fundamentales de nuestra cultura más molona, en clave LaBruce. Allí estaremos.















